Alta montaña, El Peyreget
Han pasado los días y después de haber estado en el pico Gralleras, volvemos al Pirineo.
No sé que tiene el Pirineo, pero siempre se vuelve. No nos movemos mucho de la zona, volvemos a El Portalet pero esta vez pasamos a Francia. La carretera comienza a descender por la vertiente francesa y de repente a ambos lados de la carretera encontramos un parking que casi se adapta a lo largo de la carretera. Nos encontramos en el parque natural de los Pirineos Atlánticos. Aprovecho aquí para meter mi cuña pro natura; no puedo entender que antes de la frontera se permitan barbaridades auténticas, como la que se ha hecho estos últimos años en Espelunciecha, para ampliar pistas de esquí y cruzada la frontera nos encontremos uno de los parques naturales más importantes de Francia y unos metros antes, sin que cambie nada no tengamos un parque natural como se merece una zona de tanta belleza y diversidad. Puede que esto les lleve a la reflexión, ¡ojalá sea así!
Hoy el día se ha levanta con nieblas en el Valle del Ebro, lo que quiere decir, “montañero a la calle”. ¿No sabían este dicho? ¡Yo creo que es popular, aunque igual sólo lo es de mi tierra que es Aragón, el dicho completo dice: “¡Niebla en el valle!, ¡montañero a la calle!”

Son las siete de la mañana, en el maletero, una vez más las raquetas para dar otro paseillo por la nieve y ascender un sencillito pico que sirve de contrafuerte al Midi d’Osseau. El Midi es un antiguo volcán del que hoy sólo quedan los cimientos. El pico que vamos a subir en cuestión se llama Peyreget y para mi gusto es de gran belleza y nada difícil, aunque eso sí, algo esforzado de subir.
En el amanecer se recorta ya la silueta del Pilar, que irrumpe en medio de las nieblas que luchan contra el sol por no disiparse. Zaragoza se aleja ya de nuestro retrovisor creando cada vez más una sombra onírica del paisaje en nuestra retina. La carretera está limpia, no hay hielo y la niebla termina por desaparecer completamente a la altura de Arguís, un pueblecito con pantano que se encuentra a mitad de la subida del puerto de montaña de El Monrepós.
Al coronar el puerto en cuestión, una vista espectacular nos hace detenernos a contemplar el maravilloso espectáculo que se presenta ante nuestros ojos. La silueta de los blancos picos se recorta en un cielo que termina de cambiar un color arrebolado por el color azul más intenso.
Pasamos Biescas y continuamos hasta la frontera, la cruzamos y pronto divisamos ya el parking, del que os he hablado al principio, y como no los dos picos protagonístas de esta excursión, el Midi y el Peyreget. Bajamos del coche y nos desperezamos después de un viaje en que mi pobre hermano se ha chupado no sé cuantos kilometros mientras nosotros dormitábamos cuándo el espectáculo natural nos lo permitía. Los ceñimos las botas de monte a los pies bien agarradas, las polainas y como no las raquetas para no hundirnos en la nieve.
Una vez preparados descendemos hasta el río y cruzamos el puente que hay junto a una roca. Después de ello tomamos el camino hacia la derecha vadeando el pico que tenemos frente a nosotros, El Peyreget. Poco a poco vamos cogiendo altura.

Y es que las laderas son más potentes conforme nos vamos acercando hacia el collado. Creerme cuando os digo que merece la pena aunque sólo sea por ver la curiosa e imponente vista del Midi desde el mismo collado.

Una vez en el collado, tomamos la cresta que arranca a la derecha que, sobre un delicado manto de nieve, nos va dirigiendo hacia la cumbre del Peyreget.
A partir de aquí ya sólo nos quedará volver, para ello hay dos posibilidades, la sencilla, volver tranquilamente por donde se ha venido; y la segunda, sólo para atrevidos, es volver por la Pombie. Para ello tomaremos una ruta alternativa por el collado y en vez de retornar por donde hemos venido (por la izquierda) tomaremos una ruta, igual no pisada, hacia la derecha que nos dirige a una vaguada donde en verano hay un pequeño ibón. Aquí hay que andarse con cuidado porque es una zona típica de aludes y debemos ser cautos, valorando si hay riesgos de que pueda producirse un alud
de placa o un alud de desprendimiento. Este mismo año pasado (2005) dos personas perdieron la vida a causa de un alud en esta zona. Yo lo he recorrido ya alguna que otra vez y una de ellas me tuve que dar la vuelta debido al viento, otro factor que hay que tener en cuenta ya que si este es muy fuerte una ráfaga podría derribarnos y hacernos caer una pala abajo dándonos un buen golpe que podría como mínimo pegarnos un buen susto. Por ello es bueno llevar aquí el piolet o bien un bastón de nieve como apoyo, que podría servirnos de freno en caso de deslizamiento incontrolado. Éstos elementos pueden salvarnos la vida en caso de un despiste.
Una vez ya en el fondo de la baguada cruzamos el ibón congelado y nos pasamos a la vertiente del Midi recorriéndola manteniendo un poco de altura. Es bueno fijarse en si se han formado grietas en la nieve, ese es uno de los modos de saber si estamos en riesgo de ser víctimas de la furia de un alud. Llegados a este momento nos dirigimos de frente hacia una pendiente bastante pronunciada, más de un 45% que deberemos acometer con prudencia. Aquí ya hemos llegado exhaustos, por lo que decidimos antes de continuar tomar un tente en pié. Es importante, y nosotros lo sabemos, estar descansado y completamente atento a lo que pueda surgir, para reaccionar a tiempo, antes de meterse en una pala de este carácter. Somos seres humanos, sabemos que somos limitados y tenemos plena consciencia de que hemos madrugado, lo que con el peso del día se nota.
Repuestos, y con el buche repleto, retomamos el camino y la aventura continúa.
En esta última pala hay que valorar si merece la pena llevar puestas las raquetas, con las calzas puestas (metales que alzan la planta del pie para una mejor adaptación al terreno), o si por el contrario es bueno colgarlas de la mochila. Si la nieve está muy blanda permaneceremos con las raquetas puestas, pero si la nieve permanece apelmazada, que no helada, puede ser recomendable subir sólo con las botas. En caso de que esté helada esta pala y no llevemos los crampones, será el momento de tomar una decisión prudente, darse la media vuelta y volver por donde se ha venido. De lo contrario pasaremos un mal rato y nos jugaremos la vida, lo cual, ¡créanme!, no merece la pena.
La primera vez que lo recorrí, lo recordaba con claridad, me hice el valiente y acabe deslizándome unos cincuenta metros hacia abajo sin control, suerte que al final pude parar. Aquél día hacía viento que al llegar a la parte superior una ráfaga me derribó, ya ven que hablo con conocimiento de causa y les aseguro que no es divertido, y mucho menos cuando sabes donde estás en ese preciso momento.

Superado este paso controvertido, que puede frustrar nuestras aspiraciones, el camino se vuelve mucho más suave y tranquilo recorriendo unos llanos y palas suaves, donde, si es que uno disfruta de ello puede dejarse deslizar sobre la nieve para perder altura, haciendo un tradicional “culoesquí” que vendrá además bien, para liberar la tensión del paso superado. Perdida ya bastante altura, veremos el refugio de Pombie. Una vez que lleguemos a él, tomaremos un camino en dirección a la derecha recorriendo unas cuantas laderas hasta que veamos debajo de nuevo El Portalet y nuestro coche del tamaño de un Micro Machine y a partir de aquí, ya se sabe, en dirección al puente por donde uno quiera. Eso si, aquí deberemos de nuevo tener cuidado de no dirigirse hacia uno de los aleros de nieve que ya expliqué en la excursión al pico Gralleras.
Este último descenso, mi hermano y yo hoy nos lo hemos tomado con calma y hemos parado a disfrutar un buen rato sentados en una blanca ladera para disfrutar de los últimos rayos de sol de la tarde y luego bajar hasta el Honda Civic rojo de nuestra madre. Ya estamos abajo, cansados, engullimos los últimos víveres, consistentes en chocolate, cacahuetes y una botella de aquarius que nos hemos reservado en el coche para la vuelta. Los hemos puesto a enfriar mientras disfrutamos de uno de los mayores placeres del mundo, quitarse las botas de monte y cambiarse la camiseta después de un día de ejercicio. Sólo nos falta la ducha que nos espera al llegar a casa.
De nuevo nos metemos en el coche, el sol a pegado fuerte hoy y nos tira la cara, cuya piel se ha oscurecido. Yo vuelvo a mi estado de letargo a pesar de que mi hermano trata de evitarlo poniendo música a tope y dándome conversación yo empiezo dando afirmaciones y termino por hacer onomatopeyas. Intento evitarlo pero al final me duermo rendido por el esfuerzo. Es la vida, unos conducen, y otros, que no tenemos el carnet aún, nos dormimos.
